Sillones Chéster

Sillones Chéster

Sillones Chester

Los sofás chéster son un signo indiscutible y emblemático del estilo clásico inglés.
Su origen data de principios del siglo XIX, cuando se emplearon para ambientes exclusivos y elitistas de clubes sociales londinenses, donde solo se permitía la entrada a socios del género masculino.
En las décadas siguientes pasó a los salones de las casas británicas de la alta sociedad y posteriormente se popularizó hasta convertirse en un icono de la decoración británica. Un sofá clásico inglés por excelencia.
Cuenta la leyenda que su origen se debe al IV Conde de Chesterfield: Philip Dormer Stanhope, nacido el 22 de septiembre de 1694 y fallecido el 24 de marzo de 1773. 
Fue un hombre de letras, estadista y diplomático, mecenas de Voltaire. 
En 1732 tuvo su único hijo con Mademoiselle du Bouchet, dama francesa con la que no se casó pues se había prometido en matrimonio con Melusina Von Der Schulenburg. Con la se casó en 1732.
Pese a ello nunca dejó de lado a su hijo, a quien intentó en la prestigiosa Westminster School.
La muerte de su hijo en 1768 sobrecogió a Chesterfield, así como la noticia de su matrimonio con una dama de origen humilde, Eugenia Stanhope, con la que tuvo dos hijos Charles (1761-1845) y Philip (1763-1801), a los cuales nunca abandonó el abuelo de éstos. 
Eugenia Stanhope, publicó en 1774 “Las cartas a su hijo”, correspondencia que mantuvo Cherterfield con su vástago, en las que se dio a conocer una faceta desconocida del Conde.
Una vez presentado el Conde de Cherterfield, sigamos con la leyenda de estos famosos e impresionantes sillones.
Al parecer el Conde encargó la realización de un sillón a un ebanista local de la época, al que le dio instrucciones específicas de como quería que fuera dicho sillón. Éste debía ser duro y robusto, con los brazos y el respaldo a la misma altura para obligar así, a sentarse con la espalda erguida; pues el Conde se había percatado que los sillones habituales de su personal de servicio no les proporcionaban la postura erguida y correcta de la espalda, lo que hacía desfavorecer la vestimenta o el uniforme de su mayordomo. Por eso encargó una butaca especial que respondiese a sus estrictos cánones de estilo.
La leyenda continúa y nos sitúa en el lecho de muerte del Conde; donde sus últimas palabras antes de expirar fueron dirigidas al mayordomo, pidiéndole a éste que cediera su butaca al Sr. Dayrolles, joven diplomático que había ido a interesarse por el estado del Conde, el cual era su padrino y benefactor.
El leal y astuto empleado, tal vez cansado por la rigidez del sillón que su Sr. le había obligado a usar durante tantos años, interpretó la última voluntad del Conde al pie de la letra, insistiendo al Sr. Dayrolles para que se llevara a su casa el sillón. 
Tras largas charlas en las que debatían o no el llevárselo, Dayrolles accedió.
Llegado a casa, observó con detenimiento el dichoso sillón. Percatándose así, que se trataba de una pieza de magnífica pureza, tapizado con un hermoso cuero en color marrón y salpicado de botones grandes y profundos que parecían darle forma y al que la pátina del tiempo lo dotaba de un aspecto mucho más atractivo.

El sillón chéster y la sociedad

Mr. Dayrolles decidió introducir este tipo de sillón en su círculo de amistades, entre los que causó gran admiración.
De origen aristocrático pronto fue adoptado por la burguesía y la clase pudiente como “El Súmmum del Estilo Refinado”.
Primero en los clubes sociales masculinos de la sociedad londinense, y más tarde al resto de Inglaterra. Lo convirtió en una pieza fundamental e imprescindible en los salones de la alta sociedad británica, despachos de profesionales liberales, abogados, banqueros, médicos y nuevos ricos.
¡En definitiva, cualquiera que pudiera permitirse este lujo, debía tener un Chesterfield para demostrar, o cómo no!!, aparentar su estatus social.
En fin, lo cierto es que este sillón pronto encontró su variante en sofás, atravesando épocas sin pasar de moda.
Divulgado en el vasto imperio colonial del Reino Unido, La Armada Británica, y los círculos de la alta sociedad americana.
Los colores, formas, el capitoné, las patas cortas y torneadas y los diferentes modelos que se fueron sucediendo a lo largo de 200 años, nunca dejaron de inspirarse en esta fantástica leyenda del IV Conde de Cherterfield, que sin pretenderlo creo una joya de gran diseño para los hogares de entonces y actuales.

                         El conde chesterfiel